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I.

Tomé el libro de la mesa y lo hojeé pasando los dedos por sus páginas amarillas. El prólogo había sido escrito por el propio Céline, “Si no estuviese ahí totalmente obligado, como en pie, la espalda contra algo… lo suprimiría todo” decía. El sol calentaba la calle Moyano detrás del Botánico, el hormigón frio y las cabezas verdes de los cipreses en una mañana esplendida de enero. Me dirigía hacia Atocha cuando aparecí en el paseo de aquella calle que me detuvo unos momentos en los que busqué un libro que quería obsequiarle a Ángelo. Aún tenía unos minutos antes que saliera el tren. A lo largo de la calle se encontraba montada una feria de libros usados; puestos de revistas verdes con sus respectivos dueños y nombres de fantasía, y mesas sobre la peatonal repletas de cajas con infinitas cantidades de hojas. Cerca mío una joven conversaba un inglés pobre con uno de los vendedores, le hacía preguntas sosteniendo una copia de Calígula con sus dos manos. Su voz era tan dulce que hubiera podido quedarme escuchándola hablar de la tiranía del Cesar lo que le quedaba a la mañana, aunque no entendí su acento, no pude adivinar de donde era. Su piel hacía arrogancia de un tono canela que traía a colación algún recuerdo insulso. La soledad de los poetas y de los impotentes, supo decir el Cesar. Mientras fumaba sentado en un banco, ya con el libro en mi mano, seguí su camino entre los puestos de libros, entre un grupo de franceses que arrastraban sus valijas subiendo la pendiente de la calle, fumando y escupiendo, y entre una madre con cinco niños, que corrían intentando escapar, alejándose cada uno en distinta dirección. Cuando por fin pude perderla pensé en la idea de que ya era hora de dejar Madrid.

Salimos al mediodía mientras yo dormía profundamente. Encontré el sueño apenas caí en mí asiento, al despertar, el tren ya cortaba el campo a toda velocidad bajo el santísimo cielo andaluz, pintado, un horizonte blanco que deslumbraba hasta adquirir un intenso celeste en la parte más alta del cielo que alcanzaba a ver desde mi ventanilla. De cerca y de lejos todo era seco; tan seco que las iglesias de los pueblos parecían de cerámica o barro, y las sierras que delineaban el horizonte tetas marchitas de una madre vieja y hastiada, prospera en otra época, aquellas de abusos monárquicos y delirios cristianos, tan españoles como mis abuelos, los delirios y sus tetas. Con el caer de la tarde se precipito un naranja que tiñó el paisaje y volvió a inducirme un sueño disfrazado de belleza, bajo la tutela de los últimos rayos de sol, acariciando las copas de los árboles solitarios a los lados de los caminos o en los verdes oasis, brillantes, en medio de los pequeños valles entre la parda tierra. Me sentí tan limpio como un hueso bailando entre gusanos al despertar con el suave movimiento del tren y, al llegar a Granada esa noche, de un humor tal que solo podría haber mejorado si hubiera sido recibido en la estación de trenes por una mujer andaluz, sosteniendo un cocido de garbanzos en sus manos.

Ansioso llegué al hotel, pagué y bajé del taxi. Tiré con fuerza de la correa de cuero para hacer que la valija escurriera a través de la puerta mientras el chofer preguntaba si necesitaba ayuda sin levantar la cabeza, cambiando las estaciones de la radio con la mirada fija en su tablero. La temperatura debía oscilar bajo cero y las venas en mis manos se contraían, encendiéndose con cada tironeo, asustándose, palideciendo rosas. Seguí intentando hasta conseguir liberarla y salir volando, trastabillando hacia la puerta del hotel que abrí con un hombro y con algo de esfuerzo. Ya era tarde, no había nadie en la calle o por lo menos en esa vereda tan oscura. Al entrar, encontré lo que venía esperando en el taxi recordando la reseña que me habían dado del lugar, la imagen de la sala se equilibraba perfectamente con la temperatura en su interior. Por lo pronto, no parecería ser caro pasar un par de noches allí. Colgaban de las lámparas brillantes guirnaldas de colores, con bolas oxidadas, rojas, doradas y verdes. Hacia una de las esquinas, apenas de pie, un lívido árbol de navidad atisbaba decadencia recostado sobre una de las paredes presumiblemente celestes hacia otra década. Todo parecía estar inmerso bajo una pileta de agua caliente, o por sobre ella, envuelto en una humedad vaga, pero por un aire sin vapor de agua, solo de conjeturas y abandono, tan denso y espeso como la propia navidad. Así imaginaba yo la miopía, las fiestas o las cataratas terminales. Sobre el recibidor solo se encontraba el flequillo del encargado que estiró las llaves del cuarto sin mirarme, olfateando algo debajo del mostrador, concentrando sus cejas hasta unirlas con la boca levemente abierta. Parecería estar mirando pornografía o leyendo alguna revista, o leyendo pornografía, o mirando su bigote o su pene fuera del pantalón, o tal vez solo sus propias cejas que parecían caer sobre sus ojos. Pensé que esa noche no era la indicada para cruzar miradas con nadie. Después de soltar la valija me senté en la cama del cuarto dejando primero el abrigo en una silla, transpirando - el hotel entero parecía estar bajo el infierno – y presté atención a este; olía a polvo y naftalina, las cortinas parecían vestidos usados por las damas en la reconquista y la frazada gastada, bajo mis dedos, se deshacía en pequeñas bolitas de algodón. Estaba seguro de no tener sueño, por lo que volví a abrigarme y salí a dar un paseo sin pensarlo. El encargado siguió sin levantar la cabeza, ahora con las cejas casi acariciando la punta venérea de la víbora que asomaba bajo su pera.

Bajé hasta la vera del Genil y caminé a su lado no sé por cuánto tiempo. Compré una cerveza demasiado dulce que tomé por la mitad y un brandy con azúcar que terminó de arroparme. Se sentía bien, era una de las noches más frías que caminaba desde que había llegado a España. En Granda, por toda la ciudad, en todo el valle, la nariz se inunda de un despierto olor a naranja y a los ojos, en calles y plazas, los puntos naranjas entre las oscuras copas de los árboles brillan entre un aroma que hace parecer a la ciudad inefable. Con los labios acaramelados sentí la euforia como un rasguño dentro mío y a la noche desgarrarse tal cual, estridente como el graznido de un cisne aullando en el fondo del rio. Sentí deseos de escribir o intentar, de cualquier manera, volver a escuchar correr el agua, sin pensar más en la sangre, por meses o años, menos pensar en el tiempo. El cauce del río era pobre, lo suficiente para enseñar el fondo artificial de concreto desnudo por el paso del agua, descubría los hierros que unían el conglomerado de piedras que hacían de base y de suelo. Podría haberse cruzado caminando sin penas, conservando los tobillos secos. Seguí a la deriva pensando en la gente que había perdido hace meses, y solo por momentos, intentando recordar sus caras entre el brandy y el frio, el rio y los bramidos, pero sin poder hacerlo. Tal vez debería buscar nuevas caras, para redimir un presente frio sin memorias. No he conocido jamás a las personas que pueden reconocer la ternura en todas sus formas; ternura por un cielo, por una pintura pálida o por un hilo de agua helada. A unas pocas sí, alguna vez he observado, las que lo hacen cuando la ternura se muestra de las maneras más comunes, pero tampoco las he conocido realmente, y tampoco sé arrastrar esas pérdidas. No quería que mi buen humor se confundiera con las lágrimas arrancadas de los ojos por el viento; crucé el rio y me alejé de sus gárgaras por la calle más iluminada que había encontrado hasta ese momento, hasta los callejones donde los niños tomaban cerveza sentados sobre el empedrado, entre nubes blancas de marihuana y salivas colmadas de maldiciones.

Una vidriera retuvo mi marcha. Un amontonamiento de gente detrás de una puerta, y una pared de vidrio, del mismo tamaño, que contenían una taberna atiborrada de mangas cortas. El bar era un gusano rectangular, una caja de ratones con mesas pequeñas contra las paredes, sosteniendo codos que sostenían cuerpos, cuerpos que sostenían cabezas bamboleantes y ojos esmerilados acuchillados en ellos. Avancé entre los hombros hasta el fondo del lugar, hasta una barra con cinco o seis taburetes nada más y me senté en uno de ellos. Cuando no tenía más de ocho años mis padres trabajaban el día entero, por lo que pasaba las tardes en casa de mis abuelos, los padres de mi madre. Sobre su mesa ratona, en la sala de estar, mi abuela coleccionaba pequeñas bolas de cristal con nieve dentro, que contenían a su vez niñas cabañas en su interior; las buscaba cuando nadie me observaba y agitaba con mis dos manos frenéticamente, procurando no dejarlas caer, con miedo a que mi abuela me gritara o me dejara sin almorzar si esto llegara a suceder. De estas casas se podían ver diminutas ventanas, luces amarillas, artificiales, irradiando hacia afuera desde sus profundos y minúsculos corazones. Siempre deseé dormir dentro de esas simpáticas y poder sentirme acogido por las hogueras navideñas que imaginaba dentro, soñando arropado entre sus almohadones y frazadas, rojas y verdes, entre muebles simples de pino oliendo a cetol. La decoración del bar era más llamativa que la mezcla ecléctica de gitanos viejos y estudiantes jóvenes bebiendo dentro; sobre las paredes colgaban fotos de patinadores sobre hielo, levantando trofeos o mordiendo medallas, vestidos con enterizos brillantes pegados a sus cuerpos, rotando difusamente en el aire o deslizándose suavemente sobre lagos congelados entre tranqueras de madera recortando la vista de fondos acabados por celliscas, recién caídas, de bajos cielos blancos. Pensé que lo mejor que le podría pasar al bar en ese momento seria estar en las manos de algún niño con miedo a ser descubierto, y ser agitado furiosamente como una bola cristal, para horror de los borrachos, ver caer la nieve, una y otra vez. Mi madre siempre decía al sorprenderme jugando: si tu abuela te viera haciendo eso, no dudes de que te corte los dedos. Detrás de la barra una señora de pelo blanco, rellena, de cara muy colorada, vistiendo un suéter oscuro, llenaba los vasos empujando una sonrisa colmada de rutina en su cara, disfrutando del bar lleno, aunque bufara con cada botella estrellándose en el suelo. Pedí un brandi y lo tomé de un sorbo, proponiéndome esquivar la charla con el escoces sentado a mi izquierda que reía a carcajadas al rematar con chistes de borracho los pequeños comentarios que desperdiciaba en un inglés inteligible con la dueña de rojo, que, a su vez, cada vez que se acercaba, intentaba algo de comedia y me deslizaba una sonrisa con unos ojos blancos cuando este le hablaba. El taburete de mi derecha se encontraba libre, y en el siguiente, una joven de pelo pintado de verde, bonita, de ojos grises, juntos, armaba un cigarrillo pesimamente. Sin conseguir rolarlos los rompía y volvía a armarlos sin mirar sus dedos, con el semblante fijo en la muchedumbre tambaleante, esperando que alguien sea escupido por ella. Pedí a la señora si tenía la amabilidad de guardar mi asiento y salí a fumar un cigarrillo, no fueron ganas por haber visto tabaco desparramándose sobre la barra, fue la necesidad de sentir frio en la cara, o bien, la de escuchar un poco de silencio.

A la salida, mientras rolaba mi propio tabaco, con el papel en la mano y el filtro pegado a los labios, una pareja discutía a gritos pelados a unos pocos metros. O solo ella discutía. No importa lo que hayas hecho, vociferó varias veces seguidas con la cabeza envuelta y su nariz asomando entre su bufanda y su enajenación. Me mentiste y ya, ahora solo quiero volver a dormir. Y dándole la espalda al paladín, como un trompo, ella caminó al trote en dirección opuesta al idiota que había quedado estupefacto ante tales gritos, y también, dándole la espalda al idiota que más allá, frente a la puerta del bar, armaba su cigarrillo. El idiota petrificado miró el tronco de un árbol a su lado, crecía sobre la vereda casi al borde de sus pies. Miró la calle vacía metiendo las manos en sus bolsillos, y girando sobre sus talones hizo una panorámica de las vidrieras que yacían como sarcófagos de muñecos en la penumbra, amplificando una sonrisa aún más idiota que el embobamiento que lo retenía, hasta tropezar con la mirada del idiota que ya se encontraba a su vez fumando, y que al encontrarla, tanta idiotez masticándose pareció, para su suerte, colapsar con el hechizo del pasmo cómplice de su renuencia espontanea, y dispararlo, por fin, despavorido en búsqueda de los pasos veloces de la paladina, cuando ella ya había desaparecido tras la esquina. A veces es así, o siempre es así, escuché decir detrás de mí, te la pasas lidiando con idiotas. ¿Tenés varios en tu haber? Pregunté después de voltear y mirarla. Mira, eres argentino, no lo hubiera dicho; tengo varios, sí, también algunas corridas por la calle, sobre todo de noche. Declaró sonriendo. Naturalmente de noche.

 

Autor: Joaquin Burgo

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